Colón llega a Palos y olvida las barbas del vecino (Primera parte).
11 05 2008Con las primeras luces del alba las tripulaciones de las dos carabelas se fueron poniendo en pie; casi nadie había dormido en esa noche y la ansiedad y el apresuramiento se reflejaban en sus movimientos y en los ademanes. Los desplazamientos eran rápidos y precisos, las mentes de los hombres ejecutaban una acción aún antes de haber finalizado la que estaban realizando, y algunas veces, de forma instintiva, las extremidades obedecían esa orden mental que resultaba inoportuna, adelantada en el tiempo. Un juramento sofocado buscaba expandirse con el viento, y el hombre que había marrado en la maniobra rectificaba aún antes de que esa onda sonora alcanzase la amura contraria en la que él estaba situado.
El Almirante veía ese cúmulo de actividad contenida con una mirada fría, en alerta permanente, pero no para los pequeños yerros de los hombres que en breve dejarían de ser «su tripulación». Allí, inmóvil en la popa de la nave ajeno, por indiferencia, a todo lo que le rodeaba mas parecía un fantasma formado por la bruma que el hombre que había guiado las naves hasta La Española y las había traído de vuelta… Las naves, poco a poco comenzaron a moverse en una dirección específica, y el tiempo, ese tiempo que los grumetes marcaban dando la vuelta a los relojes de arena (ampolletas según la jerga marinera) parecía inmóvil en la mente de las tripulaciones mientras sus miradas traspasaban el paisaje que se mostraba por la banda de babor.
Muy pocos hombres alcanzaban a ver la bitácora donde quedaba guardada la ampolleta y casi nadie podía contemplar como el montículo de granos de la parte inferior crecía, formaba una pequeña colina, y se desmoronaba mientras seguían cayendo granos de arena por la parte superior; ellos miraban de reojo al grumete de turno, mientras atendían a su trabajo y acechaban los movimientos de los brazos del muchacho encargado de voltear el reloj para saber así que había trascurrido media hora, ese lapso de tiempo que marcaba los impulsos sistólicos de la nave durante la navegación que ya por fin parecía tener término; el hogar y la familia ¿a cuántas vueltas de ampolleta? y cada vez que el grumete la tornaba, ellos calculaban deben faltar ocho, o nueve todo lo más… y veían con su imaginación el puerto al cual se dirigían.
Doblaron la barra de Saltés y ciñeron la desembocadura de la ría a estribor para buscar la salida del Tinto y navegar río arriba; el sol subía por el cielo mientras las aves de las marismas seguían infatigables buscando la comida necesaria para acumular esa energía que desarrollarían unos días más adelante en sus paradas nupciales, y las colinas que rodeaban el monasterio de La Rábida rindieron a los hombre del mar el saludo compuesto por la brisa de la mañana al silbar entre los pinos. La bruma matutina que crecía desde las aguas hacia la vertical hacía tiempo que había desaparecido, dejando incólume la silueta del Almirante; ahora las miradas de los hombres se dirigían intermitentemente de la proa a la banda de estribor. Poco a poco y en la lejanía, hacia esa misma banda, se fueron aclarando las riberas de Palos con sus chalupas, chinchorros, botes y barcas amarrados, mientras que otras embarcaciones bajaban ya río abajo; unos para recibirles y otros para encaminarse a sus labores cotidianas. Fondearon en el centro del río, a unos escasos doscientos metros de la Alonda, el almacén de la villa, donde lo mismo te servían una comida de choco con patatas, que encontrabas alojamiento, o que se subastaba el pescado ganado al mar en el día, o donde podías guardar con seguridad mercancía y aparejos durante una temporada.
Sobre el mediodía las carabelas quedaron inmovilizadas y prestas para el abordaje y se repitieron las escenas que se suelen dar cuando unas naves y sus tripulaciones han permanecido fuera de puerto casi nueve meses; no importaba de donde venían, nadie se dio cuenta de que llegaban los «descubridores» y muy pocas preguntas sobre los que faltaban, dejados en Fuerte Navidad allá en La Española, ya que la gran mayoría no eran de la zona. Desde la segunda carabela, contando aguas abajo, se bajó en unas parihuelas a Martín Alonso Pinzón, enfermo de unas extrañas fiebres; y desfiló portado por marineros entre el respeto de todos los presentes que formaron filas a ambos lados del capitán de la Pinta para dejarle pasar hacia su casa.
Ni los indios que se encontraban a bordo de la Niña, ni los pájaros de colores, llamaron la atención de la gente; los indios como escribiría en su Diario el Almirante, eran muy parecidos a los canarios; y los presentes en el puerto conocían muy bien los productos de las costas africanas de Portugal para sorprenderse con esos animales que eran exóticos en otros lugares, además, los paleños conocían la navegación hasta las Canarias como si de ir a Huelva se tratase por lo que casi una decena de hombres de similares características a los canarios tampoco eran objeto de su atención.
Al poco Diego Colón, el hijo mayor del Almirante, fue llevado a bordo por el cura de Moguer en cuya casa había permanecido durante el viaje de las carabelas, y estuvo escuchando a su padre más de una hora; casi al oscurecer dos alguaciles de la Inquisición se presentaron en la nave ante el Almirante, y dejaron a Colón bajo la toldilla de popa cuando el cielo estaba ya completamente oscuro. Había trascurrido el día de gracia de 15 de marzo del año del Señor de 1493 según el Almirante dataría en el cierre de su Diario. Aunque en la versión clásica Diego Colón quedó su tía, hermana de su madre, en Huelva sin que exista ningún documento o testigo que avale dicha estancia, y nada explican sobre la visita de los alguaciles inquisitoriales.
Antes de esa data Colón escribió tres cartas, una el 15 de Febrero de 1493 en la que el Almirante sitúa a las naves «sobre la isla de Canaria» dirigida a Luís de Santángel, el valenciano que prestó dinero a Isabel de Castilla para que financiase la expedición; otra muy similar a Gabriel Sánchez, suegro del anterior y tesorero de la Corona de Aragón; ambos eran conocidos como de familia judía convertida al cristianismo («conversos») y el segundo fue procesado por la Inquisición por judaizante (seguir practicando la religión judía) y una última a los Católicos fechada el 14 de marzo del mismo año. Según el Diario, el 15 de febrero las dos naves que ahora retornaban a Palos salían de una tormenta, la de Martín Alonso se había perdido y la de Colón tenía a la vista las Azores.












Muy interesante ..en éste la forma “novelada” me encanta …Noto que aumentan las descripciones detalladas , ..lo que que hace que el relato se asemeje a un cuadro que estás viendo …
Me los imagino a todos expectantes para saber lo que les dice el que alcanza a ver ·la ampolleta” (otra cosa nueva que he aprendido)
Me ha encantado la descripción del admirante a la llegada apuerto …
y me ha extrañado como transcurrio todo a la llegada …como si no hubiera pasado nada …
Veo que hablas del año 1493 …y me llama la atención ..¿se refieren a que salieron en 1492 y llegan en 1493 , ..pero se mantiene la fecha del descubrimiento ? .
Todo genial
Muy vivido. Aunque me extraña la similitud que citas entre los americanos y los canarios, ya que estos (supongo que te refieres a los guanches) son (o al menos eso creo) berebers.
espero que este comentario llegue. Es la primera vez que lo hago desde aquí
Vayamos por partes, los “guanches” nunca han existido, es una definición de Sabino Berthelot identificando a una determinada morfología de restos humanos (incluidas momias) que él pensaba que eran Cromañones, la mayoría de restos eran de la isla de Teneride, pero también los había en otras islas.
Todavía esos restos no se han identificado, es más hay una tesis que airma pueden estar emparentados con los vascos.
El resto de restos humanos son de tipo mediterráneo, lo que quiere decir que pueden ser bereberes o de Tarragona, Mallorca o Chipre… lo que ocurre es que u linguista alemán Wölfel dijo que determinados caracteres grabados en piedra pertenecían a la lengua líbico-bereber y su estudio como es muy alemán, nadie se ha atrevido a hacerle frente.
Colón afirma en el Diario que son “de la color de los canarios” es decir morenos, y es lo único que podemos deducir, y que además tenían barba también por los documentos esclavistas encontrados.
aclarado